
La curación de Godofredo, de Luca Giordano – 1690
Tergiversamos en la mañana antes reverberada por la calima y ahora de luz batiente de un sol que filtrado ciega. Soy el resto de un cansancio intenso producto del breve viaje que agota mis energías y riega de savia nueva mi ser.
Son ya casí tres horas que, remolón, pospongo auto justificándome las ineludibles y evadidas obligaciones que, torpe, me autoimpongo. Pero sí, está claro que mis innegables tour di force acaban conmigo y, aún sin querer, chupan de mí hasta la última energía.
Lucho escribiendo con mis dos idiomas vitales, pues en este castellano escribo, o plasmo, y mi cabeza, traviesa, escapa a la lengua del Petrarca que tantas y más apropiadas florituras me ofrece.
Tan cansado que ni siquiera el trazo incierto de mi mala letra de falso médico, fluye igual de mal que siempre,
Agotador también el esfuerzo de embridar mi traviesa mente que, no sé si enloquecida, salta de argumento como si una cabra entre riscos fuese. Es seguro una enfermedad de nuestro tiempo eso que llaman pedantemente «multi tasking» y que se está traduciendo en una mermada, sino nula, capacidad de concentrarme en un único propósito. Pues cualquier cosa me ocupa convive con uno o varios paralelos pensamientos y concentrar el foco su aquel que corresponde se convierte en titánico esfuerzo.
Así, para reconducir esta inquieta cabeza, nacen tales líneas y, (o; e) imagino que aquí mueren.